jueves, 17 de mayo de 2012

SALVADO DOS VECES.


"Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo... Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él."
2ª Corintios 5:18 y 21
"Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas... haciendo la paz mediante la sangre de su cruz."
Colosenses 1:19-20
"Dios nuestro Salvador... quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad."  
1ª  Timoteo 2:3-4
Uno de mis amigos iba regularmente los jueves por la noche a una piscina cubierta. Allí siempre veía a un hombre que le llamaba la atención: tenía la costumbre de correr hacia el agua y mojar primeramente sólo el dedo gordo de su pie. Luego iba al trampolín más alto y con un espléndido salto se zambullía en el agua. Era un excelente nadador. No es de extrañar, pues, que mi amigo se preguntara por qué ese hombre tenía la rara costumbre de mojar su dedo gordo antes de saltar al agua. Un día se armó de coraje y fue a preguntarle el por qué de su hábito. El hombre sonrió y contestó: Sí, tengo un motivo para hacerlo. Hace unos años era profesor de natación de un grupo de hombres. Mi deber era enseñarles a nadar y saltar del trampolín. Una noche en que no podía dormirme, decidí ir a la piscina y nadar un poco; siendo profesor de natación tenía una llave para entrar allí. No prendí la luz porque conocía bien el lugar. La luz de la luna brillaba a través del techo de vidrio. Cuando estuve sobre el trampolín vi la sombra de mi cuerpo contra la pared de enfrente. Con los brazos abiertos mi silueta formaba una magnífica cruz. En lugar de saltar, me quedé parado, contemplando esa imagen.  En ese momento pensé en la cruz de Cristo y su significado. Yo no era creyente, pero de niño había aprendido un cántico cuyas palabras me volvieron a la mente y me recordaron que Jesús había muerto para salvarnos por medio de su preciosa sangre. No sé cuánto tiempo me quedé sobre el trampolín con los brazos extendidos ni por qué no salté al agua. Finalmente me di vuelta, bajé del trampolín y me dirigí hacia la escalera de la piscina para sumergirme en el agua. Bajé por la escalera y mis pies tocaron el duro y liso piso... ¡la noche anterior habían vaciado el agua de la piscina sin que yo me diera cuenta!. Me estremecí y un escalofrío me corrió por la espalda. Si hubiese saltado, ése habría sido mi último salto. Esa noche la imagen de la cruz en la pared me salvó la vida. Quedé tan agradecido a Dios –quien en su gracia me había dejado vivir- que me arrodillé al borde de la piscina. Fui consciente de que no sólo mi vida sino también mi alma precisaba ser salvada. Para eso había sido necesaria otra cruz, aquella en la cual Jesús murió para salvarnos a usted y a mí. Él me salvó cuando le confesé mi culpa y me entregué a él. Esa noche fuí salvado dos veces. Ahora tengo todavía un cuerpo sano, pero, lo que es mucho más importante, soy salvo por la eternidad. Quizás usted pueda comprender por qué me mojo primeramente el dedo gordo antes de saltar al agua.

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