miércoles, 16 de noviembre de 2011

JUAN PATON Misionero a los antropófagos 1824_1907




Cerca de Dalswinton, en Escocia, vivía un matrimonio conocido en toda la región como los viejos Adán
y Eva. A ese hogar llegó de visita, cierta vez, una sobrina, Janet Rogerson. Es de suponerse que no
hubiese muchas cosas en aquella casa aislada de un par de ancianos, que pudiesen distraer a la joven
siempre viva y alegre. Pero algo le atrajo su interés; cierto muchacho llamado Santiago Paton, entraba, día
tras día, en el bosque próximo a la casa. Llevaba siempre un libro en la mano, como si él fuese allí con el
propósito de estudiar y meditar. Cierto día, la jovencita, vencida por la curiosidad, entró furtivamente por
entre los árboles y espió al muchacho que recitaba los Sonetos Evangélicos de Erskine. Su curiosidad se
convirtió en una santa admiración cuando el joven, dejando el sombrero a un lado, en el suelo, se arrodilló
debajo de un árbol para derramar su alma en oración ante Dios. Ella, con su espíritu juguetón, avanzó y le
colgó el sombrero en una rama del árbol que estaba más próximo. En seguida se escondió en donde pudo,
para presenciar cómo el muchacho, perplejo, iba a estar buscando su sombrero. Al día siguiente la escena
se repitió. Pero el corazón de la muchacha se conmovió al ver la perturbación del joven, inmóvil por
algunos minutos, con el sombrero en la mano. Fue así como él, al volver al día siguiente al lugar donde se
arrodillaba diariamente, encontró una tarjeta prendida en el árbol. La tarjeta decía lo siguiente: "La
persona que escondió su sombrero se confiesa sinceramente arrepentida de haberlo hecho y le pide que
ore, rogando a Dios que la convierta en una creyente tan sincera como lo es usted."

El joven se quedó mirando por algún tiempo la tarjeta, olvidándose completamente de los Sonetos aquel
día. Por fin, desprendió la tarjeta del árbol, y estaba reprochándose por no haberse dado cuenta de que era
un ser humano quien le había escondido el sombrero en dos ocasiones, más tarde vio entre los árboles, una
muchacha que llevaba un balde en la mano, cantando un himno escocés que pasaba frente a la casa del
viejo Adán.

En aquel momento el muchacho, por instinto divino y en forma tan infalible como por cualquier voz que
jamás hablara a un profeta de Dios, supo que la visita angélica que había invadido su retiro de oración, era
la gentil y hábil sobrina de los viejos Adán y Eva. Santiago Paton todavía no conocía a Janet Rogerson,
pero había oído hablar de sus extraordinarias cualidades intelectuales y espirituales.

Es probable que Santiago Paton comenzase a orar por ella — en un sentido diferente de aquel que ella le
pidiera. De cualquier manera, la joven había hurtado, no solamente el sombrero del muchacho, sino
también su leal corazón — un hurto que tuvo como resultado el casamiento de los dos.

Santiago Paton, fabricante de medias del condado de Dunfries y su esposa Janet, andaban, como
Zacarías y Elizabeth en la antigüedad, en forma irreprensible delante del Señor. Cuando les nació el
primogénito, le pusieron el nombre de Juan, dedicándolo solemnemente a Dios, en sus oraciones, para que
fuese misionero a los pueblos que no tenían la oportunidad de conocer a Cristo.

Entre la casa propiamente dicha, en que vivía la familia Paton, y la parte que servía de fábrica, había un
pequeño aposento. Acerca de ese cuarto, Juan Paton escribió lo siguiente: "Ese era el santuario de nuestra
humilde casa. Varias veces al día, generalmente después de las comidas, nuestro padre entraba en aquel
cuarto y, "cerrada la puerta", oraba. Nosotros, sus hijos, comprendíamos como por instinto espiritual, que
esas oraciones eran por nosotros, como sucedía en la antigüedad cuando el sumo sacerdote entraba detrás
del velo al Lugar Santísimo, para interceder en favor del pueblo. De vez en cuando se oía el eco de una
voz, en un tono como de quien suplica por la vida; pasábamos delante de esa puerta de puntillas, a fin de
no perturbar esa santa e íntima conversación. El mundo exterior no sabía de dónde provenía el gozo que
resplandecía en el rostro de nuestro padre; pero nosotros, sus hijos, sí lo sabíamos; era el reflejo de la
Presencia divina, la cual era siempre una realidad para él en la vida cotidiana. Nunca espero sentir, ni en
el templo, ni en las sierras, ni en los valles, a Dios más cerca, más visible, andando y conversando más


íntimamente con los hombres, que en aquella humilde casa cubierta de paja. Si, debido a una catástrofe
indecible, todo cuanto pertenece a la religión fuese borrado de mi memoria, mi alma volvería de nuevo a
los tiempos de mi mocedad: se encerraría en aquel santuario, y al oír nuevamente los ecos de aquellas
súplicas a Dios, lanzaría lejos toda duda con este grito victorioso: Mi padre anduvo con Dios; ¿por qué no
puedo andar yo también?"

En la autobiografía de Juan Paton se ve que sus luchas diarias eran grandes. Pero lo que leemos a
continuación, revela cuál era la fuerza que operaba para que él siempre avanzase en la obra de Dios:

"Antes, sólo se celebraban cultos domésticos los domingos en la casa de mis abuelos: pero mi padre
indujo a mi abuela primero, y luego a todos los miembros de la familia, para que orasen y leyesen un
pasaje de la Biblia y cantasen un himno diariamente, por la mañana y por la noche. Fue así que mi padre
comenzó, a los diecisiete años de edad, la bendita costumbre de celebrar cultos matinales y vespertinos en
su casa; ésa fue una costumbre que observó, tal vez, sin ninguna excepción, hasta que se halló en el lecho
de muerte, a los 78 años de edad; cuando aun en ese su último día de vida se leyó un pasaje de las
Escrituras, y se oyó su voz mientras oraba. Ninguno de sus hijos se recuerda de un solo día que no hubiese
sido así santificado; muchas veces había prisa por atender algún negocio; innúmeras veces llegaban
amigos, disfrutábamos de momentos de gran gozo o de profunda tristeza; pero nada nos impedía que nos
arrodillásemos alrededor del altar familiar, mientras el sumo sacerdote dirigía nuestras oraciones a Dios y
se ofrecía a sí mismo y a sus hijos al mismo Señor. La luz de tal ejemplo era una bendición, tanto para el
prójimo, como para nuestra familia. Muchos años después me contaron que la mujer más depravada de la
villa, una mujer de la calle, pero que más tarde fue salvada y reformada por la gracia divina, declaró que la
única cosa que evitó que cometiese suicidio fue que, encontrándose ella una noche obscura cerca de la
ventana de la casa de mi padre, lo oyó implorando en el culto doméstico, que Dios convirtiese "al impío
del error de su camino y lo hiciese lucir como una joya en la corona del Redentor". "Vi", dijo ella, "cómo
yo era un gran peso sobre el corazón de ese buen hombre, y sabía que Dios respondería a sus súplicas. Fue
por causa de esa seguridad que no entré al infierno y que encontré al único Salvador."

 No es de admirarse que en tal ambiente, tres de los once hijos, Juan, Walter y Santiago, fuesen inducidos
a entregar su vida a la obra más gloriosa, que es la de ganar almas. Creemos que este punto no estaría
completo si no le añadiésemos un párrafo más de la misma autobiografía:

"Hasta qué punto fui impresionado en ese tiempo por las oraciones de mi padre, no lo puedo decir, ni
nadie podría comprenderlo. Cuando todos nos encontrábamos arrodillados alrededor de él en el culto
doméstico, y él, igualmente de rodillas, derramaba toda su alma en oración, con lágrimas, no sólo por
todas las necesidades personales y domésticas, sino también por la conversión de aquella parte del mundo
donde no había predicadores para servir a Jesús, nos sentíamos en la presencia del Salvador vivo y
llegamos a conocerlo y amarlo como nuestro Amigo divino. Cuando nos levantábamos después de esas
oraciones, yo acostumbraba quedarme contemplando la luz que reflejaba el rostro de mi padre y ansiaba
tener el mismo espíritu; anhelaba, como respuesta a sus oraciones, tener la oportunidad de prepararme y
salir, llevando el bendito evangelio a una parte del mundo que estuviese entonces sin misionero."

 Acerca de la disciplina en el hogar, veremos aquí lo que él escribió:

"Si había algo realmente serio para corregir, mi padre se retiraba primeramente al cuarto de oración, y
nosotros comprendíamos que él estaba llevando el caso ante Dios; ¡ésa era la parte más severa del castigo
para mí! Yo estaba listo a encarar cualquier castigo, pero esto que él hacía penetraba en mi conciencia
como un mensaje de Dios. Amábamos aún más a nuestro padre al ver cuánto tenía que sufrir para
castigarnos, y, de hecho, tenía muy poco que castigar, pues nos dirigía a todos nosotros, sus once hijos,
mucho más mediante el amor que mediante el temor."

Por fin llegó el día en que Juan tenía que dejar el hogar paterno. Sin tener dinero para el pasaje y con
todo lo que poseía, incluyendo una Biblia, envuelta en un pañuelo, salió a pie para ir a trabajar y a estudiar
en Glasgow. El padre lo acompañó durante una distancia de nueve kilómetros. Durante el último
kilómetro, antes de separarse, los dos caminaron sin decirse una palabra — el hijo sabía por el
movimiento de los labios de su padre, que él iba orando en su corazón, por él. Al llegar al lugar donde


debían separarse uno del otro, el padre balbuceó: "iQue Dios te bendiga hijo mío! ¡Que el Dios de tu padre
te prospere y te guarde de todo mal!" Después de abrazarse mutuamente el hijo salió corriendo, mientras
el padre de pie en medio del camino, inmóvil, con el sombrero en la mano y las lágrimas corriéndole por
el rostro, continuaba orando con todo su corazón. Algunos años después el hijo confesó que esa escena se
le había quedado grabada en su alma, y lo estimulaba como un fuego inextinguible a no desilusionar a su
padre en lo que de él esperaba, es decir, que siguiese su bendito ejemplo de andar siempre con Dios.

Durante los tres años de estudios que pasó en Glasgow, a pesar de trabajar con sus propias manos para
sustentarse, Juan Paton hizo, en el gozo del Espíritu Santo, una gran obra en la siega del Señor. No
obstante, resonaba constantemente en sus oídos el clamor de los salvajes de las islas del Pacífico y ése fue
el asunto que ocupó principalmente sus meditaciones y oraciones diarias. Había otros que podían
continuar la obra que él hacía en Glasgow, pero ¡¿Quién deseaba llevar el evangelio a esos pobres
bárbaros?!

Al declarar su resolución de ir a trabajar entre los antropófagos de las Nuevas Hébridas, casi todos los
miembros de su iglesia se opusieron a su salida. Uno de los más estimados hermanos así se explicó:
"Entre los antropófagos! ¡Será comido por los antropófagos!" A eso Juan Paton respondió: "Usted
hermano, es mucho mayor que yo, y en breve será sepultado y luego será comido por los gusanos; le digo
a usted hermano, que si yo logro vivir y morir sirviendo y honrando al Señor Jesús, no me importará ser
comido por los antropófagos o por los gusanos; en el gran día de la resurrección mi cuerpo se levantará
tan bello como el suyo, a semejanza del Redentor resucitado."

En efecto, las Nuevas Hébridas habían sido bautizadas con sangre de mártires. Los dos misioneros
Williams y Harris que habían sido enviados para evangelizar esas islas pocos años antes, fueron muertos a
garrotazos, y sus cadáveres fueron cocidos y comidos. "Los pobres salvajes no sabían que habían
asesinado a sus amigos más fieles; así pues, los creyentes de todos los lugares al recibir la noticia del
martirio de los dos, oraron con lágrimas por esos pueblos despreciados."

Y Dios oyó sus súplicas llamando entre otros a Juan Paton. Sin embargo, la oposición a su salida era tal
que él resolvió escribir a sus padres. Mediante su respuesta llegó a saber que ellos lo habían dedicado para
tal servicio el mismo día de su nacimiento. Desde ese momento, Juan Paton ya no tuvo más duda de que
ésa era la voluntad de Dios, y decidió en su corazón emplear toda su vida sirviendo a los indígenas de las
islas del Pacífico.

Nuestro héroe nos cuenta muchas cosas de interés acerca del largo viaje en barco de vela a las Nuevas
Hébridas. Casi al fin del viaje se quebró el mástil del navío. Las aguas los llevaban lentamente para Tana,
una isla de antropófagos, donde todo su equipaje habría sido saqueado y todos los de a bordo cocidos para
ser comidos. Sin embargo, Dios oyó sus súplicas y alcanzaron otra isla. Unos meses después fueron a la
misma isla de Tana, donde consiguieron comprar un terreno de los salvajes y edificar una casa. Resulta
conmovedor leer que construyeron la casa sobre los mismos cimientos que había echado el misionero
Turner quince años antes, y quien tuvo que huir de la isla para escapar de ser muerto y comido por los
salvajes.

Acerca de su primera impresión sobre la gente, Paton escribió: "Estuve al borde de la mayor
desesperación. Al ver su desnudez y miseria sentí tanto horror como piedad. ¿Había yo dejado la obra
entre mis amados hermanos de Glasgow, obra en la que sentía un gran gozo para dedicarme a criaturas tan
degeneradas como éstas? Me pregunté a mí mismo: '¿Será posible enseñarles a distinguir entre el bien y el
mal, y llevarlos a Cristo, o aun civilizarlos?' Pero todo eso fue apenas un sentimiento pasajero. Luego
sentí un deseo tan profundo de llevarlos al conocimiento y al amor de Jesús, como jamás había sentido
antes cuando trabajaba en Glasgow."

Antes de que la casa donde irían a vivir los Paton estuviese terminada, hubo una batalla entre dos tribus.
Las mujeres y los niños huyeron hacia la playa, donde conversaban y reían ruidosamente, como si sus
padres y hermanos estuviesen ocupados en algún trabajo pacífico. Pero mientras los salvajes gritaban y se
empeñaban en conflictos sangrientos, los misioneros se entregaban a la oración por ellos. Los cadáveres
de los muertos fueron llevados por los vencedores hasta una caldera de agua hirviendo, donde fueron


cocinados y comidos. En la noche todavía se escuchaba el llanto y los gritos prolongados de las aldeas
vecinas. Los misioneros fueron informados de que un guerrero, herido en la batalla, había acabado de
morir en su casa. Su viuda fue estrangulada inmediatamente, conforme a la costumbre, para que su
espíritu acompañase al espíritu del marido y continuase sirviéndole de esclava.

Los misioneros entonces, en ese ambiente de la más repugnante superstición, de la más baja crueldad y
de la más flagrante inmoralidad, se esforzaron por aprender a usar todas las palabras posibles de ese
pueblo que no conocía la Escritura. Anhelaban hablar de Jesús y del amor de Dios a esos seres que
adoraban árboles, piedras, fuentes, riachos, insectos, espíritus de los hombres fallecidos, reliquias de
cabellos y uñas, astros, volcanes, etc. etc.

La esposa de Paton era una colaboradora muy esforzada y en el espacio de pocas semanas reunió a ocho
mujeres de la isla y las instruía diariamente. Tres meses después de la llegada de los misioneros a la isla,
la esposa de Paton falleció de malaria y un mes después su hijito también murió. ¡Resulta imposible
describir el inmenso pesar que sentía Paton durante los años que trabajó sin su colaboradora en Tana! A
pesar de casi haber muerto también de malaria; a pesar de que los creyentes insistían en que volviese a su
tierra; y a pesar de que los indígenas hacían un plan tras otro plan para matarlo y luego comérselo, ese
héroe permaneció orando y trabajando fielmente en el puesto donde Dios lo había colocado.

Se construyó un templo y un buen número de indígenas se congregaba allí para oír el mensaje divino.
Paton no solamente logró llevar la lengua de los tanianos a la forma escrita, sino que también tradujo a
esa lengua una parte de las Escrituras, la cual imprimió, a pesar de no conocer el arte tipográfico. Acerca
de esa gloriosa hazaña de imprimir el primer libro en taniano, él escribió lo siguiente: "Confieso que
grité de alegría cuando la primera hoja salió de la prensa, con todas las páginas en orden adecuado; era
entonces la una de la mañana. Yo era el único hombre blanco en la isla, y hacía horas que todos los
nativos dormían. No obstante, tiré mi sombrero al aire y dancé como un chiquillo, durante algún tiempo,
alrededor de la máquina impresora.

"¿Habré perdido la razón? ¿No debería yo, como misionero, estar de rodillas alabando a Dios, por esta
nueva prueba de su gracia? ¡Creedme amigos, mi culto fue tan sincero como el de David, cuando danzó
delante del Arca de su Dios! No debéis pensar que, después de que estuvo lista la primera página, yo no
me arrodillé pidiendo al Todopoderoso que propagase la luz y la alegría de su santo Libro en los
corazones entenebrecidos de los habitantes de aquella tierra inculta."

Luego, cuando Paton había pasado tres años en Tana, una pareja de misioneros que vivía en la isla
vecina, Erromanga, fue martirizada bárbaramente a hachazos, en pleno día. Cuando se cumplieron cuatro
años de estar viviendo en Tana, el odio de los indígenas de esa isla llegó al máximo. Diversas tribus
acordaron matar al "indefenso" misionero y acabar de esa manera con la religión del Dios de amor en
toda la isla. Sin embargo, como él mismo se declaraba inmortal hasta acabar su obra en la tierra, eludía,
en pleno campo, los innúmeros lanzazos, hachazos y porrazos que le dirigían los indígenas, y así, logró
escapar a la isla de Aneitium. Entonces decidió ocuparse en la obra de traducción del resto de los
Evangelios a la lengua taniana, mientras esperaba la oportunidad de volver a Tana. Con todo, se sintió
dirigido a aceptar un llamado para ir a Australia. En el transcurso de unos meses, animó a las iglesias a
que compraran una embarcación de vela para el servicio de los misioneros. También las instó a que
contribuyesen liberalmente y que enviasen más misioneros para evangelizar todas las islas.

Acerca de su viaje a Escocia, después de haber pasado algunos años en las Nuevas Hébridas, él
escribió: "Fui en tren a Dunfries, y allí encontré transporte para ir a mi querido hogar paterno donde fui
acogido con muchas lágrimas. Solamente habían transcurrido cinco cortísimos años desde que yo había
salido de ese santuario con mi joven esposa, y ahora, ¡ay de mí! madre e hijo yacían en su tumba en Tana,
abrazados, hasta el día de la resurrección. . . No fue con menos gozo, a pesar de sentirme angustiado, que,
pocos días después me encontré con los padres de mi querida y desaparecida esposa."

Antes de partir de Escocia en su nuevo viaje, Paton se casó con la hermana de otro misionero. Llamada
por Dios a trabajar entre los naturales de las Nuevas Hébridas, sumergidos en las tinieblas, ella sirvió
como fiel compañera de su marido por muchos años.


"Lo último que hice en Escocia fue arrodillarme en el hogar paterno, durante el culto doméstico,
mientras mi venerado padre, como sacerdote de cabellos blancos nos encomendaba, una vez más, 'a los
cuidados y protección de Dios, Señor de las familias de Israel.' Yo sabía por cierto, cuando nos
levantamos después de la oración y nos despedimos unos de otros, que no nos encontraríamos más con
ellos antes del día de la resurrección. No obstante, mi padre y mi querida madre nos ofrecieron de nuevo
al Señor con corazones alegres, para su servicio entre los salvajes. Más tarde mi querido hermano me
escribió que la `espada' que traspasó el alma de mi madre fue demasiado aguda y que después de nuestra
partida, ella estuvo por mucho tiempo como muerta en los brazos de mi padre."

De regreso a las islas, Paton fue constreñido por el voto de todos los misioneros a no volver a Tana, sino
a iniciar la obra en la vecina isla de Aniwa. De esa manera, tuvo que aprender otra lengua y comenzar
todo de nuevo. ¡Al preparar el terreno para la construcción de la casa, Paton llegó a juntar dos cestas de
huesos humanos, provenientes de víctimas devoradas por los habitantes de la isla!

"Cuando esas pobres criaturas comenzaban a usar un pedacito de tela, o un faldón, era señal exterior de
una transformación, a pesar de estar muy lejos de la civilización. Y cuando comenzaban a mirar hacia
arriba a orar a Aquel a quien llamaban 'Padre, nuestro Padre', mi corazón se derretía en lágrimas de gozo;
y sé por cierto que había un Corazón divino en los cielos que estaba regocijándose también." Con todo,
igual que en Tana, Paton se consideraba inmortal hasta que completase la obra que le había sido designada
por Dios. Innúmeras fueron las veces que evitó la muerte agarrando el arma levantada contra él por los
salvajes para matarlo.

Por fin, la fuerza de las tinieblas unidas contra el Evangelio en Aniwa cedió. Eso tuvo lugar cuando él
cavó un pozo en la isla. Para los indígenas el agua de coco era suficiente para satisfacer su sed, porque se
bañaban en el mar; usaban un poco de agua para cocinar — ¡y ninguna para lavar la ropa! Pero para los
misioneros la falta de agua dulce era el mayor sacrificio, y Paton resolvió cavar un pozo.

Al principio los indígenas lo ayudaron en esa obra, a pesar de que consideraban que el plan "de que el
Dios del misionero proporcionara lluvia desde abajo", era la concepción de una mente extraviada. Pero
después, amedrentados por la profundidad del pozo, dejaron que el misionero continuase cavando solo,
día tras día, mientras lo contemplaban desde lejos, diciendo entre sí: "¡¿Quién oyó jamás hablar de una
lluvia que venga desde abajo?! ¡Pobre misionero! ¡Pobrecito!" Cuando el misionero insistía en decirles
que el abastecimiento de agua en muchos países provenía de pozos, ellos respondían: "Es así como suelen
hablar los locos; nadie puede desviarlos de sus ideas fijas."

Después de muchos y largos días de trabajo fatigante, Paton alcanzó tierra húmeda. Confiaba en que
Dios lo ayudaría a obtener agua dulce como respuesta a sus oraciones. A esa altura, sin embargo, al
meditar sobre el efecto que causaría entre la gente si encontrase agua salada, se sentía casi horrorizado al
pensar en ello. "Me sentí" escribió él, "tan conmovido, que quedé bañado en sudor y me temblaba todo el
cuerpo cuando el agua comenzó a brotar de abajo y empezó a llenar el pozo. Tomé un poco de agua en la
mano y la llevé a la boca para probarla. ¡Era agua! ¡Era agua potable! ¡Era agua viva del pozo de
Jehová!"

Los jefes indígenas acompañados de todos sus hombres asistieron a este acontecimiento. Era una
repetición, en pequeña escala, de la escena de los israelitas que rodeaban a Moisés cuando éste hizo brotar
agua de la roca. Después de pasar algún tiempo alabando a Dios, el misionero se sintió más tranquilo y
bajó nuevamente al pozo, llenó un jarro con "la lluvia que Jehová Dios le daba mediante el pozo", y se lo
entregó al jefe. Este sacudió el jarro para ver si realmente había agua en él; entonces tomó un poco de
agua en la mano, y no satisfecho con eso, llevó a la boca un poco más. Después de revolver los ojos de
alegría, la bebió y rompió en gritos: "¡Lluvia! ¡Lluvia! ¡Sí; es verdad, es lluvia! ¿Pero, cómo la
conseguiste?" Paton respondió: "Fue Jehová, mi Dios, quien la dio de su tierra en respuesta a nuestra labor
y nuestras oraciones. ¡Mirad y ved, por vosotros mismos, cómo brota el agua de la tierra!"

Entre toda esa gente no había un solo hombre que tuviese el valor de acercarse a la boca del pozo;
entonces formaron una larga fila y asegurándose los unos a los otros con las manos, fueron avanzando
hasta que el hombre que estaba al frente de la fila pudiese mirar dentro del pozo; Enseguida, el que había


mirado, entonces pasaba al fin de la "cola", dejando que el segundo mirase para ver la "lluvia de Jehová,
allí, bien abajo".

Después que todos hubieron mirado, uno por uno, el jefe se dirigió a Paton diciéndole: "¡Misionero, la
obra de tu Dios, Jehová, es admirable, es maravillosa! Ninguno de los dioses de Aniwa jamás nos bendijo
tan maravillosamente. Pero, misionero, ¿continuará El dándonos siempre esa lluvia en esa forma? o,
¿vendrá como la lluvia de las nubes?" El misionero explicó, para gozo inefable de todos, que esa
bendición era permanente y para todos los aniwaianos.

Durante los años siguientes a este acontecimiento, los nativos trataron de cavar pozos en seis o siete de
los lugares más probables, cerca de varias villas. Sin embargo, todas las veces que lo hicieron, o se
encontraron con roca, o el pozo les daba agua salada. Entonces se decían: "Sabemos cavar, pero no
sabemos orar como el misionero, y por lo tanto, ¡Jehová no nos da lluvia desde abajo!"

Un domingo, después que Paton había conseguido el agua de pozo, el jefe Namakei convocó a todo el
pueblo de la isla. Haciendo ademanes con una hachita en la mano, se dirigió a los oyentes de la siguiente
manera: "Amigos de Namakei, todos los poderes del mundo no podrían obligarnos a creer que fuese
posible recibir la lluvia de las entrañas de la tierra, si no lo hubiésemos visto con nuestros propios ojos y
probado con nuestra propia boca. . . Desde ahora, pueblo mío, debo adorar al Dios que nos abrió el pozo y
nos da la lluvia desde abajo. Los dioses de Aniwa no pueden socorrernos como el Dios del misionero. De
aquí en adelante, yo soy un seguidor del Dios Jehová. Todos vosotros, los que quisiéreis hacer lo mismo,
tomad los ídolos de Aniwa, los dioses que nuestros padres temían, y lanzadlos a los pies del misionero.. .
Vamos donde el misionero para que él nos enseñe cómo debemos servir a Jehová. . . Quien envió a su
Hijo, Jesús, para morir por nosotros y llevarnos a los cielos."

Durante los días siguientes, grupo tras grupo de salvajes, algunos con lágrimas y sollozos, otros con
gritos de alabanzas a Jehová, llevaron sus ídolos de palo y de piedra y los lanzaron en montones delante
del misionero. Los ídolos de palo fueron quemados; los de piedra, enterrados en cuevas de 4 a 5 metros de
profundidad, y algunos, de mayor superstición, fueron lanzados al fondo del mar, lejos de la tierra.

 Uno de los primeros pasos en la vida cotidiana de la isla, después de que se destruyeron todos los ídolos,
fue la invocación de la bendición del Señor en las comidas. El segundo paso, una sorpresa mayor y que
también llenó al misionero de inmenso gozo, fue un acuerdo entre ellos de celebrar un culto doméstico por
la mañana y otro por la noche. Sin duda esos cultos estaban mezclados, por algún tiempo, con muchas de
las supersticiones del paganismo.

Pero Paton tradujo las Escrituras y las imprimió en la lengua aniwaiana, y enseñó al pueblo a leerlas. La
transformación que sufrió el pueblo de esa isla fue una de las maravillas de los tiempos modernos. ¡Qué
emoción tan grande se siente al leer acerca de la ternura que el misionero sentía por esos amados hijos en
la fe, y del cariño que ellos, los otrora crueles salvajes que se comían los unos a los otros, mostraban para
con el misionero!

¡Ojalá que nuestro corazón arda también en deseos de ver la misma transformación de los millones de
habitantes primitivos que hay aún en tantas partes del mundo!

Paton describió la primera Cena del Señor que celebraron en Aniwa, con las siguientes palabras: "Al
colocar el pan y el vino en las manos de esos ex antropófagos, otrora manchadas de sangre y ahora
extendidas para recibir y participar de los emblemas del amor del Redentor, me anticipé al gozo de la
gloria hasta el punto de que mi corazón parecía salírseme del pecho. ¡Yo creo que me sería imposible
experimentar una delicia mayor que ésta, antes de poder contemplar el rostro glorificado del propio
Jesucristo!"

Dios no solamente le concedió a nuestro héroe el inefable gozo de ver a los aniwaianos ir a evangelizar
las islas vecinas, sino también el gozo de ver a su propio hijo, Frank Paton, y a su esposa, ir a vivir en la
isla de Tana, para continuar la obra que él había comenzado con el mayor sacrificio.

Fue a la edad de 83 años que Juan G. Paton oyó la voz de su precioso Jesús, llamándolo para el hogar
eterno. ¡Cuán grande ha sido su gozo, no solamente al reunirse con sus queridos hijos de las islas del sur
del Pacífico, los cuales habían entrado al cielo antes que él, sino también al poder dar la bienvenida a los


otros que van llegando allí, uno por uno!

JERÓNIMO SAVONAROLA Precursor de la Gran Reforma 1452-1498



Todo el pueblo de Italia afluía a Florencia en número siempre creciente. Las enormes multitudes ya no
cabían en el famoso Duomo. El predicador Jerónimo Savonarola abrasaba con el fuego del Espíritu Santo,
y sintiendo la inminencia del Juicio de Dios, tronaba contra el vicio, el crimen y la corrupción
desenfrenada en la propia iglesia. El pueblo abandonó entonces la lectura de las publicaciones mundanas y
banales, y comenzó a leer los sermones del fogoso predicador; dejó de cantar las canciones callejeras y se
puso a cantar los himnos de Dios. En Florencia, los niños hicieron procesiones para recoger las máscaras
carnavalescas, los libros obscenos y todos los objetos superfluos que servían a la vanidad. Con todos esos
objetos formaron en la plaza pública una pirámide de veinte metros de altura, y le prendieron fuego.
Mientras esa pirámide ardía, el pueblo cantaba himnos y las campanas de la ciudad repicaban anunciando
la victoria.

Si entonces la situación política allí hubiese sido igual a la que hubo después en Alemania, el intrépido y
piadoso Jerónimo Savonarola habría sido por cierto el instrumento usado para iniciar el movimiento de la
Gran Reforma, en vez de Martín Lutero. A pesar de todo, Savonarola se convirtió en uno de los osados y
fletes heraldos que condujo al pueblo hacia la fuente pura y las verdades apostólicas de las Sagradas
Escrituras.

Jerónimo era el tercero de los siete hijos de la familia Savonarola. Sus padres eran personas cultas y
mundanas, y gozaban de mucha influencia. Su abuelo paterno era un famoso médico de la corte del Duque
de Ferrara, y los padres de Jerónimo deseaban que su hijo llegase a ocupar el lugar del abuelo. En el
colegio fue un alumno que se distinguió por su aplicación. Sin embargo, los estudios de la filosofía de
Platón, así como de Aristóteles, sólo consiguieron envanecerlo. Sin duda alguna, fueron los escritos del
célebre hombre de Dios, Tomás de Aquino, lo que más influencia ejerció en él, además de las propias
Escrituras, para que él entregase enteramente su corazón y su vida a Dios. Cuando aún era niño, tenía la
costumbre de orar, y a medida que fue creciendo, su fervor en la oración y el ayuno fue en aumento.
Pasaba muchas horas seguidas orando. La decadencia de la iglesia, llena de toda clase de vicios y
pecados, el lujo y la ostentación de los ricos en contraste con la profunda pobreza de los pobres, le afligían
el corazón. Pasaba mucho tiempo solo en los campos y a orillas del río Po, meditando y en contemplación
en la presencia de Dios, ya cantando, ya llorando, conforme a los sentimientos que le ardían en el pecho.
Siendo él aún muy joven, Dios comenzó a hablarle en visiones. La oración era su mayor consuelo; las
gradas del altar, donde permanecía postrado horas enteras, quedaban a menudo mojadas con sus lágrimas.
Hubo un tiempo en que Jerónimo comenzó a enamorar a cierta joven florentina. Sin embargo, cuando la
muchacha le hizo comprender que su orgullosa familia Strozzi nunca consentiría su unión con alguien de


la familia Savonarola, que ellos despreciaban, Jerónimo abandonó por completo la idea de casarse. Volvió
entonces a orar con un fervor creciente. Resentido con el mundo, desilusionado de sus propios anhelos, sin
encontrar a nadie que le pudiese aconsejar, y cansado de presenciar las injusticias y perversidades que lo
rodeaban, las cuales no podía remediar, resolvió abrazar la vida monástica.

Al presentarse al convento, no pidió el privilegio de hacerse monje, sino solamente que lo aceptasen
para realizar los servicios más humildes de la cocina, de la huerta y del monasterio.

En el claustro, Savonarola se dedicó con más ahínco aún a la oración, al ayuno y a la contemplación en
la presencia de Dios. Sobresalía entre todos los demás monjes por su humildad, sinceridad y obediencia,
por lo que lo designaron para enseñar filosofía, posición que ocupó hasta salir del convento.

Después de haber pasado siete años en el monasterio de Boloña, Fray Jerónimo fue para el convento de
San Marcos, en Florencia. Cuando llegó, su desilusión fue muy grande al comprobar que el pueblo
florentino era tan depravado como el de cualquier otro lugar. Hasta entonces él todavía no había
reconocido que solamente la fe en Cristo es la que salva.

Al completar un año en el convento de San Marcos, fue nombrado instructor de los novicios y, por fin,
lo nombraron predicador del monasterio. A pesar de tener a su disposición una excelente biblioteca,
Savonarola hacía más y más uso de la Biblia como su libro de instrucción.

Sentía cada vez más el terror y la venganza del Día del Señor, que se aproxima, y a veces se ponía a
tronar desde el pulpito, contra la impiedad del pueblo. Eran tan pocos los que asistían a sus predicaciones,
que Savonarola resolvió dedicarse enteramente a la instrucción de los novicios. Sin embargo, igual que
Moisés, no podía de esa manera escapar al llamamiento de Dios.

Cierto día, al dirigirse a una monja, vio repentinamente, que los cielos se abrieron, y delante de sus ojos
pasaron todas las calamidades que sobrevendrán a la Iglesia. Entonces le pareció oír una voz que desde el
cielo le ordenaba que anunciara todas esas cosas a la gente.

Convencido de que la visión era del Señor, comenzó nuevamente a predicar con voz de trueno. Bajo una
nueva unción del Espíritu Santo, sus sermones en que condenaba al pecado eran tan impetuosos, que
muchos de los oyentes se quedaban por algún tiempo aturdidos y sin deseos de hablar en las calles. Era
común, durante sus sermones, que se oyesen resonar los sollozos y el llanto de la gente en la iglesia. En
otras ocasiones, tanto hombres como mujeres, de todas las edades y de todas las clases sociales, rompían
en vehemente llanto.

El fervor de Savonarola en la oración aumentaba día por día y su fe crecía en la misma proporción.
Frecuentemente, mientras oraba, caía en éxtasis. Cierta vez, estando sentado en el pulpito, le sobrevino
una visión, que lo dejó inmóvil durante cinco horas; mientras tanto su rostro brillaba, y los oyentes que
estaban en la iglesia lo contemplaban.

En todas partes donde Savonarola predicaba, sus sermones contra el pecado producían profundo terror.
Los hombres más cultos comenzaron entonces a asistir a sus predicaciones en Florencia; fue necesario
realizar las reuniones en el Duomo, famosa catedral, donde continuó predicando durante ocho años. La
gente se levantaba a media noche y esperaba en la calle hasta la hora en que abrían la catedral.

El corrompido regente de Florencia, Lorenzo de Médicis, trató por todos los medios posibles, como la
lisonja, las dádivas de cohecho, las amenazas y los ruegos, inducir a Savonarola a que desistiese de
predicar contra el pecado, y especialmente contra las perversidades del regente. Por fin, viendo que todo
era inútil, contrató al famoso predicador Fray Mariano para que predicase contra Savonarola. Fray
Mariano predicó un sermón, pero el pueblo no le prestó atención a su elocuencia y astucia, por lo que Fray
Mariano no se atrevió a predicar más.

Fue en ese tiempo que Savonarola profetizó que Lorenzo, el Papa y el rey de Nápoles iban a morir
dentro de un año, lo que efectivamente sucedió.
Después de la muerte de Lorenzo, Carlos VIII de Francia invadió a Italia y la influencia de Savonarola
aumentó todavía más. La gente abandonó la literatura banal y mundana para leer los sermones del famoso
predicador. Los ricos socorrían a los pobres en vez de oprimirlos. Fue en ese tiempo que el pueblo preparó
una gran hoguera en la "piazza" (plaza) de Florencia y quemó una gran cantidad de artículos usados para


fomentar vicios y vanidades. En la gran catedral Duomo ya no cabían más los inmensos auditorios.

Sin embargo, el éxito de Savonarola fue muy breve. El predicador fue amenazado, excomulgado y, por
fin, en el año 1498, por orden del Papa, fue ahorcado y su cadáver quemado en la plaza pública.
Pronunciando las palabras: "¡El Señor sufrió tanto por mil" terminó la vida terrestre de uno de los más
grandes y más abnegados mártires de todos los tiempos.

A pesar de que hasta la hora de su muerte él sustentó muchos de los errores de la Iglesia Romana,
enseñaba que todos los que son realmente creyentes están en la verdadera iglesia. Continuamente
alimentaba su alma con la Palabra de Dios. Los márgenes de las páginas de su Biblia están llenos de notas
escritas mientras meditaba en las Escrituras. Conocía de memoria una gran parte de la Biblia y podía abrir
el libro y hallar al instante cualquier texto. Pasaba noches enteras orando, y tuvo la gracia de recibir
algunas revelaciones mediante éxtasis o visiones. Sus libros sobre "La humildad", "La oración", "El
amor", etc., continúan ejerciendo gran influencia sobre los hombres. Destruyeron el cuerpo de ese
precursor de la Gran Reforma, pero no pudieron apagar las verdades que Dios, por su intermedio, grabó
en el corazón del pueblo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

RECOMENDAMOS HOT DOG PARA LA CENA DE NAVIDAD.


En una víspera de Navidad, un exitoso hombre de negocios se apuraba a llegar a la carnicería antes de que cerraran.
¿Va a comprar su pavo de Navidad? – preguntó un amigo.
No. Hot dogs – respondió el hombre.
Después explicó cómo, años atrás, un fracaso rotundo en sus negocios le había quitado toda su fortuna. Había tenido que enfrentar la Navidad sin trabajo ni dinero para regalos, y con menos de un dólar para comprar comida. 
Ese año, él, su esposa y su hija pequeña dieron las gracias antes de cenar y comieron hot dogs.
Toda una jauría de ellos – rió.
Su esposa le había puesto a cada salchicha, palillos de dientes que simulaban las piernas, y pajitas para las colas y los bigotes. Su hija estaba fascinada, y contagió su alegría a todos. Después de la cena dieron gracias de nuevo por el momento más amoroso y festivo que habían tenido jamás. 
Ahora es una tradición, dijo el hombre. Hot dogs para la Navidad, nos recuerda ese feliz día cuando nos dimos cuenta de que nos tenemos los unos a los otros y de nuestra capacidad de reír y celebrar. 
Recordemos que Jesucristo, quien dio origen a la Navidad, debe ser nuestro motivo para vivir los valores familares de la fraternidad y unidad.

sábado, 12 de noviembre de 2011

JORGE MULLER (2 parte)


Al mismo tiempo Jorge Müller fundó la Junta para el conocimiento de las Escrituras en el país y en el
extranjero. El fin era:

(1) Auxiliar a las escuelas bíblicas y a las escuelas dominicales.
(2) Divulgar las Escrituras.
(3) Aumentar la obra misionera. No es necesario añadir que todo eso se hizo con las mismas
resoluciones de no endeudarse por ningún motivo, sino siempre pedir a Dios en secreto.
Cierta noche cuando él leía la Biblia, se quedó profundamente impresionado con las palabras: "Abre tu
boca, y yo la llenaré", (Salmo 81:10). Se sintió llevado a aplicar esas palabras al orfanato, siéndole dada la
fe para pedir al Señor que enviase mil libras esterlinas; también pidió a Dios que levantase hermanos con
las aptitudes necesarias para cuidar de los niños. Desde aquel momento ese texto del Salmo 81 le sirvió
como lema, y la promesa se convirtió en un poder que determinó todo el curso de su vida futura.

Dios no demoró mucho en dar su aprobación para que arrendase una casa para los huérfanos. Apenas
dos días después de haber comenzado a pedir, él escribió en su diario lo siguiente: "Hoy recibí el primer
chelín para la casa de los huérfanos."


 Cuatro días después recibió la primera contribución de muebles: un armario guardarropa, y una hermana
le ofreció prestar sus servicios para cuidar de los huérfanos. Jorge Müller escribió ese día que estaba muy
alegre y que confiaba en que el Señor le completaría todo lo demás.

Al día siguiente Müller recibió una carta con estas palabras: "Por la presente le ofrecemos nuestro
servicio para la obra del orfanato, si es que usted cree que tenemos las aptitudes necesarias para tal fin.
También le ofrecemos todos los muebles, etc., que el Señor nos ha dado. Haremos todo esto sin pretender
ninguna retribución económica, creyendo que si es la voluntad de Dios usarnos, El se encargará de suplir
todas nuestras necesidades". Desde aquel día nunca faltaron en el orfanato auxiliares alegres y dedicados,
a pesar de que la obra aumentó mucho más rápido de lo que Müller esperaba.

Fue tres meses después que Jorge Müller consiguió alquilar una casa grande, y anunció la fecha de la
inauguración del orfanato para el sexo femenino. El día de la inauguración, sin embargo, tuvo la gran
desilusión de comprobar que no se había recibido ninguna huérfana. Solamente después que llegó a su
casa se acordó de que no las había pedido. Aquella noche se postró rogando a Dios lo que anhelaba.
Obtuvo la victoria de nuevo, pues vino una huérfana al día siguiente. Y luego, cuarenta y dos pidieron su
admisión antes de que el mes terminase, y ya había veintiséis en el orfanato.

Durante el año hubo grandes y repetidas pruebas de fe. Por ejemplo, se lee en su diario lo siguiente:
"Sintiendo una gran necesidad ayer por la mañana, fui guiado a pedir con insistencia a Dios y, como
respuesta, por la tarde, un hermano me dio diez libras esterlinas." Muchos años antes de su muerte, él
afirmó que, hasta aquella fecha, había recibido ya de la misma manera, cinco mil veces la respuesta el
mismo día en que había hecho la petición. Era su costumbre y la recomendaba también a los otros
hermanos, llevar un libro. En una página registraba su petición, con la fecha, y en el lado opuesto, la fecha
en que recibía la respuesta. De esa manera fue inducido a esperar respuestas concretas a sus peticiones, y
no había dudas acerca de esas respuestas.

Con el crecimiento del orfanato y el aumento del servicio de pastorear a los 400 miembros de su iglesia,
Jorge Müller se halló demasiado ocupado para orar. Fue en ese tiempo que llegó a reconocer que el
creyente podía hacer más en cuatro horas, después de emplear una en orar, que en cinco horas sin oración.
En adelante él observó siempre fielmente esa regla durante 60 años.

Cuando arrendó la segunda casa para huérfanos del sexo masculino, dijo lo siguiente: "Al orar, yo sabía
que le pedía a Dios algo que no había esperanza de recibir de los hermanos; pero que, sin embargo, no era
demasiado para el Señor." El oraba, con 90 personas sentadas a las mesas, de esta manera: "Señor, mira
las necesidades de tu siervo. . ." Y ésa fue una oración a la que Dios siempre respondió abundantemente.
Antes de morir, declaró que mediante la fe alimentaba a dos mil huérfanos, y ninguna comida se sirvió
con un atraso de más de treinta minutos.

Muchas personas le preguntaban con frecuencia a Jorge Müller — y muchas aún lo preguntan — cómo
lograba él saber la voluntad de Dios, pues nunca realizaba ninguna transacción, por pequeña que fuese, sin
tener primero la seguridad de la voluntad de Dios. A esa pregunta él respondía:
"1) Procuro mantener mi corazón en tal estado, que no tenga ninguna voluntad propia en el caso. De diez
problemas, ya tenemos la solución de nueve, cuando logramos tener un corazón dispuesto a hacer la
voluntad del Señor, sea cual sea. Cuando llegamos verdaderamente a ese punto, estamos casi siempre
próximos a saber cuál es la voluntad de El.
"2) Teniendo dispuesto el corazón para hacer la voluntad del Señor, no dejo el resultado al mero
sentimiento o a la simple impresión. Si lo hago, estaré sujeto a grandes engaños.
"3) Procuro la voluntad del Espíritu de Dios por medio de su Palabra o de acuerdo con la Palabra. Es
esencial que el Espíritu y la Palabra vayan juntos el uno al lado de la otra. Si yo mirase al Espíritu sin
tomar en cuenta la Palabra, quedaría sujeto del mismo modo a sufrir grandes engaños.
"4) Después considero las circunstancias providenciales. Esas, junto con la Palabra de Dios y con su
Espíritu, indican claramente la voluntad del Señor.
"5) Pido a Dios en oración que me revele su propia voluntad.
"6) De esta manera, después de orar a Dios, estudiar la Palabra y reflexionar sobre su contenido, es que


logro la mejor resolución deliberada que puedo con mi capacidad y conocimiento; si continúo sintiendo
paz, en ese caso, después de dos o tres peticiones más, sigo conforme a esa dirección. Tanto en los casos
mínimos como en las transacciones de mayor responsabilidad, siempre encuentro que este método es
eficiente."

Tres años antes de su muerte, Jorge Müller escribió: "No recuerdo en toda mi vida de creyente, durante
un período de 69 años, que yo jamás haya buscado SINCERAMENTE Y CON PACIENCIA, saber la
voluntad de Dios mediante las enseñanzas del Espíritu Santo por intermedio de la Palabra de Dios, y que
no haya sido guiado con certeza. Sin embargo, si mi corazón no era lo suficientemente sincero y puro ante
Dios, o si yo no buscaba con paciencia la dirección de Dios, o si prefería más bien el consejo del prójimo
al de la Palabra del Dios vivo, entonces erraba gravemente."

Su confianza en el "Padre de los huérfanos" era tal, que ni una sola vez rehusó aceptar niños en el
orfanato. Cuando le preguntaron por qué asumió el cargo del orfanato, respondió que no fue solamente
para alimentar a los huérfanos material y espiritualmente, sino que "el primer objetivo básico del orfanato
ha sido, y aún es, que Dios sea glorificado por el hecho de que, estando bajo mi cuidado, los huérfanos
han sido y aún son suplidos de todo lo necesario, solamente por la oración y la fe, sin que ni yo ni mis
compañeros de trabajo hayamos pedido nada al prójimo; por eso mismo se puede ver que Dios continúa
siendo fiel y aún responde a la oración."

 Respondiendo a muchos que querían saber cómo el creyente podía adquirir una fe tan grande, les dio las
siguientes reglas:
"1) Leer la Biblia y meditarla. Se llega a conocer a Dios por medio de la oración y de la meditación de su
Palabra.
"2) Procurar mantener un corazón íntegro y una buena conciencia.
"3) Si deseamos que nuestra fe crezca, no debemos evitar aquello que la pruebe y por medio de lo cual
ella sea fortalecida.

"Además, para que nuestra fe se fortalezca, es necesario que dejemos que Dios actúe por nosotros al
llegar la hora de la prueba, y no procuremos nuestra propia liberación.

 "Si el creyente desea poseer una fe grande, debe dar tiempo para que Dios trabaje."

Los cinco edificios construidos de piedra labrada y situados en Ashley Hill, Bristol, Inglaterra, con sus

1.700 ventanas y espacio suficiente para acomodar a más de 2.000 personas, son testigos fieles de esa gran
fe sobre la cual él se expresó.
Debemos recordar que, por cada una de esas dádivas, Jorge Müller luchó en oración para conseguirlas
una a una de las manos de Dios; oró con un fin seguro y con perseverancia, y Dios respondió con el
mismo grado definitivo.

Son de Jorge Müller estas palabras: "Muchas y repetidas veces me he encontrado en situaciones en que
no tenía más recursos. No solamente había que alimentar a 2100 personas diariamente, sino también había
que conseguir todo lo necesario para suplir lo demás, y todos los fondos estaban agotados. Había 189
misioneros que sustentar, sin tener cosa alguna; cerca de cien escuelas, con más o menos nueve mil
alumnos, y sin tener a la mano nada con que proveerlos; casi cuatro millones de tratados para distribuir, y
todo el dinero se había acabado."

Cierta vez el doctor A. T. Pierson fue huésped de Jorge Müller en su orfanato. Una noche, después que
todos se habían acostado, Müller lo llamó para que viniese a orar, diciéndole que en la casa no había nada
para comer. El doctor Pierson quiso recordarle que los comercios estaban cerrados, pero Müller lo sabía
perfectamente. Después de orar, se acostaron y durmieron, y al amanecer ya los alimentos habían sido
suplidos, y en abundancia, para los 2.000 niños. Ni el doctor Pierson, ni Jorge Müller llegaron a saber
nunca cómo esos alimentos habían sido enviados. La historia le fue contada aquella misma mañana al
señor Simón Short, bajo la promesa de que la guardaría en secreto hasta el día de la muerte del benefactor.
El Señor había despertado a esa persona de su sueño y lo había llamado para que llevase alimentos
suficientes para suplir la despensa del orfanato para todo un mes. Y eso ocurrió sin que él supiera nada de
que Jorge Müller y el doctor Pierson habían estado orando al respecto.


A la edad de 69 años Jorge Müller comenzó sus viajes, en los cuales predicó muchos millares de veces,
en 42 países, a más de tres millones de personas.
Recibió de Dios todo como respuesta a sus oraciones, para pagar los grandes gastos de esos viajes. Más
tarde él escribió: "Digo con razón: Creo que no fui dirigido a ningún lugar donde no hubiese prueba
evidente de que el Señor me mandaba para allá." El no hizo esos viajes con el propósito de solicitar dinero
para la junta; no recibió lo suficiente para los gastos de medio día de la junta. Según sus propias palabras,
el objeto era éste: "Que yo pudiese, por mi propia experiencia y conocimiento de las cosas divinas,
comunicar una bendición a los creyentes. . . y que yo pudiese predicar el evangelio a los que no conocían
al Señor."

Jorge Müller escribió lo siguiente sobre un problema espiritual: "Siento constantemente mi necesidad. . .
No puedo estar solo, sin caer en las garras de

Satanás. El orgullo, la incredulidad u otros pecados me llevarían a la ruina. Solo, no permanezco firme
un momento. ¡Que ningún lector piense de mí que no estoy sujeto a la jactancia y al orgullo, que yo no
puedo dejar de creer en Dios!"

El estimado evangelista Charles Inglis, contó lo siguiente respecto a Jorge Müller: "Cuando por primera
vez vine a América, hace 31 años, el capitán del navío era uno de los más devotos creyentes que yo había
conocido jamás. Cuando nos aproximábamos a Terranova, él me dijo: 'Señor Inglis, la última vez que pasé
por aquí, hace cinco semanas, sucedió una cosa tan extraordinaria, que causó la transformación de toda mi
vida de creyente. Hasta aquel momento yo había sido un creyente común y corriente. Había a bordo con
nosotros un hombre de Dios, el señor Jorge Müller, de Bristol. Yo había pasado 22 horas sin alejarme del
puente de mando ni por un momento, cuando de pronto me asusté porque alguien me tocó en el hombro.
Era el señor Jorge Müller.' "

 "— Capitán — me dijo él —, vine a decirle que yo tengo que estar en Quebec el sábado por la tarde.

 — Era miércoles ¡Es imposible! — le contesté —.
Pues bien, si su navío no puede llevarme, Dios encontrará otro medio de transporte. Durante cincuenta y
siete años, nunca dejé de estar en el lugar y a la hora que me había comprometido, — respondió el señor
Müller —. Tendría muchísimo placer en ayudarlo, pero, ¿qué puedo hacer? No hay medios, — le dije yo
—. Entremos aquí para orar — respondió el señor Müller —. Miré a aquel hombre y me dije a mí mismo:
¡¿De qué casa de locos se habrá escapado éste?!' Nunca había oído hablar de una cosa semejante.
Entonces le dije yo —: Señor Müller, ¿sabe usted cómo está de espesa esta neblina? — El me respondió
—: No, mis ojos no están viendo la neblina, sino que están viendo al Dios vivo, el cual gobierna todas las
circunstancias de mi vida. — Cayó de rodillas y oró en la forma más simple. Yo pensé: 'Esa es una
oración como la de un niño que no tiene más de ocho o nueve años.' Fue más o menos así que él oró: —
Oh Señor, si es tu voluntad, retira esta neblina en cinco minutos.

Tú sabes que me he comprometido a estar en Quebec el sábado. Creo que ésa es tu voluntad. —
Cuando acabó, yo también quise orar, pero él me puso la mano sobre mi hombro y me pidió que no lo
hiciese, diciendo —: Primero, usted no cree que Dios lo haría, y, segundo, yo creo que El ya lo hizo. No
hay ninguna necesidad de que usted ore con el mismo fin. — Miré al Señor Müller, quien continuó
diciendo —: Capitán, conozco a mi Señor desde hace 57 años, y no ha habido un solo día en que yo no
haya tenido audiencia con el Rey. Levántese, Capitán, abra la puerta y verá que la neblina ya desapareció.

— Me levanté y en efecto la neblina ya había desaparecido. El sábado por la tarde, Jorge Müller estaba en
Quebec, como él lo deseaba."
Para ayudarlo a llevar la pesada carga de los orfelinatos y a apropiarse de las promesas de Dios mediante
la oración, estuvo siempre al lado de Jorge Müller su fiel esposa que lo acompañó durante casi 40 años.
Cuando ella falleció, muchos millares de personas asistieron a su entierro, entre las cuales se contaban
cerca de 1.200 huérfanos que podían caminar. El mismo, fortalecido por el Señor, conforme confesó,
dirigió los cultos fúnebres en el templo y en el cementerio.

 A la edad de 66 años se casó por segunda vez.
Luego, a la edad de 90 años predicó el sermón fúnebre de su segunda esposa, como lo hiciera a la


muerte de su primera esposa. Una persona que asistió a ese entierro se expresó de la siguiente manera:
"Tuve el privilegio, el viernes, de asistir al entierro de la señora de Müller. . . y presenciar un culto
sencillo, ¡que, tal vez, ha sido el único en la historia del mundo! Aquí un venerable patriarca presidía el
culto entero; a la edad de noventa años permanecía todavía lleno de aquella enorme fe que lo ha
habilitado para alcanzar tanto, y que lo ha sustentado en emergencias, problemas y trabajos durante una
larga vida. . ."

En el año 1898, a la edad de 93 años, la última noche antes de partir para estar con Cristo, sin haber
demostrado ninguna señal de disminución en sus fuerzas físicas, se acostó como de costumbre. A la
mañana del día siguiente fue "llamado", según la expresión de un amigo al recibir las noticias que así
explican la partida: "¡Querido anciano Müller! Desapareció de nuestro medio para irse al Hogar celestial,
cuando el Maestro le abrió la puerta y lo llamó tiernamente, diciéndole: 'Ven'."

Los periódicos publicaron, medio siglo después de su muerte, la siguiente noticia: "El orfelinato de
Jorge Müller, en Bristol, permanece como una de las maravillas del mundo. Desde su fundación en 1836,
la cifra de aportaciones que Dios ha concedido únicamente como respuesta a las oraciones, llega a más de
veinte millones de dólares, y el número de huérfanos atendidos asciende a 19.935. A pesar de que los
vidrios de cerca de 400 ventanas se quebraron recientemente por las bombas (en la segunda guerra
mundial), ningún niño, ni ningún auxiliar resultaron heridos."

jueves, 10 de noviembre de 2011

JORGE MULLER (1 parte)


JORGE MÜLLER
Apóstol de la fe 1805-1898


"Por la fe Abel. . . Por la fe Noé. . . Por la fe Abraham. . ." Así es como el Espíritu Santo cuenta las
increíbles proezas que Dios hizo por intermedio de los hombres que osaron confiar únicamente en El. Fue
en el siglo XIX que Dios añadió lo siguiente a esa lista: "Por la fe Jorge Müller erigió orfanatos, alimentó
a millares de huérfanos, predicó a millones de oyentes alrededor del mundo y ganó multitud de almas
para' Cristo."

Jorge Müller nació en 1805 de padres que no conocían a Dios. A la edad de diez años fue enviado al
colegio con el propósito de que comenzara su preparación para el ministerio, pero no con el fin de servir a
Dios, sino única y exclusivamente para llegar a tener una carrera, y una vida cómoda. Esos primeros años
de estudio transcurrieron en prácticas de vicios a los que se entregaba cada vez más, llegando en una
ocasión a estar preso durante 24 días por ese motivo. Pero Jorge, una vez que quedó en libertad, comenzó
a esforzarse en sus estudios, levantándose a las cuatro de la mañana y estudiando durante todo el día hasta
las diez de la noche. Sin embargo, él hacía todo eso para alcanzar una vida descansada de predicador.

No obstante, a los veinte años de edad se produjo una completa transformación en la vida de ese joven.
Asistió a un culto donde los creyentes, de rodillas, imploraban a Dios que hiciese caer su bendición sobre


la reunión. Nunca se olvidó de aquel culto, en que vio por la primera vez a los creyentes orando de
rodillas; quedó profundamente conmovido con el ambiente espiritual, al extremo de querer buscar él
también la presencia de Dios, costumbre esa que, luego, no abandonó por el resto de su vida.

Fue en esos días, después de sentirse llamado para ser misionero, que pasó dos meses hospedado en el
famoso orfanato de A. H. Franke. A pesar de que ese fervoroso siervo de Dios, el señor Franke había
muerto hacía casi cien años (en 1727), su orfanato continuaba funcionando con las mismas reglas de
confiar enteramente en Dios para todo sustento. Más o menos al mismo tiempo en que Jorge Müller se
hospedó en el orfanato, un cierto dentista, el señor Graves, abandonó sus actividades que le daban un
salario de $7.500 dólares al año, a fin de hacerse misionero en Persia, confiando solamente en las
promesas de Dios para la provisión de todo su sustento. Fue así que Jorge Müller, el nuevo predicador,
recibió en esa visita la inspiración que lo indujo más tarde a fundar su orfanato, sobre los mismos
principios.

Inmediatamente después de abandonar su vida de vicios, para dedicarse a Dios, Müller llegó a reconocer
el error, más o menos universal, de leer mucho acerca de la Biblia y casi nada de la Biblia. Ese libro pasó
a ser la fuente de toda su inspiración y el secreto de su maravilloso crecimiento espiritual. El mismo
escribió: "El Señor me ayudó a abandonar los comentarios y a usar la simple lectura de la Palabra de Dios
hecha con meditación. El resultado fue que, cuando la primera noche cerré la puerta de mi cuarto para orar
y meditar sobre las Escrituras, aprendí más en pocas horas, que todo lo que había aprendido antes durante
varios meses." Y añadió: "La mayor diferencia, sin embargo, fue que recibí de esta manera la verdadera
fuerza para mi propia alma." Antes de fallecer dijo que había leído la Biblia entera cerca de doscientas
veces; cien veces lo hizo estando de rodillas.

Cuando estaba aún en el seminario, durante los cultos domésticos que celebraba de noche con los otros
alumnos, frecuentemente se quedaba orando hasta la medía noche. De mañana, al levantarse, nos llamaba
de nuevo para la oración de las seis de la mañana.

Cierto predicador, poco tiempo antes de la muerte de Jorge Müller, le preguntó si oraba mucho. La
respuesta fue ésta: "Algunas horas todos los días, y además vivo en el espíritu de oración; oro mientras
estoy caminando, mientras estoy acostado y cuando me levanto. Estoy constantemente recibiendo
respuestas, Una vez que estoy persuadido de que cierta cosa es justa, continúo orando hasta recibirla.
¡Nunca dejo de orar!. . . Millares de almas han sido salvadas como respuesta a mis oraciones. . . Espero
encontrar decenas de millares de ellas en el cielo. . . Lo más importante es no dejar de orar nunca hasta
recibir la respuesta. He venido orando durante cincuenta y dos años, diariamente, por dos hombres, hijos
de un amigo de mi mocedad. No se han convertido aún; sin embargo, espero que lo sean. ¿Cómo puede
ser de otra manera? Hay una promesa inquebrantable de Dios y sobre ella descanso."

Poco antes de su casamiento, él no se sentía a gusto con la costumbre de un salario fijo, prefiriendo
confiar en Dios, en vez de confiar en las promesas de los hermanos. Sobre esto dio las siguientes tres
razones:

"(1) Un salario significa una cantidad de dinero designada, generalmente adquirida del arriendo de

los bancos. Pero la voluntad de Dios no es arrendar los bancos. (Stg_2:1-6.) (2) El precio fijo de un

asiento en la iglesia, a veces, es demasiado pesado para algunos hijos de Dios y no quiero colocar

el menor obstáculo en el camino del progreso espiritual de la iglesia..

(3) Toda la idea de arrendar los asientos para tener un salario llega a ser un tropiezo para el
predicador, induciéndolo a trabajar más por el dinero que por razones espirituales."
A Jorge Müller le parecía casi imposible reunir y guardar dinero, para cualquier emergencia imprevista,
sin recurrir también a ese fondo para suplir las necesidades, en vez de recurrir directamente a Dios para
ello. Así el creyente confía en el dinero en vez de confiar en Dios.

Un mes después de su casamiento, colocó una caja en el salón de cultos y anunció que podían dejar allí
las ofrendas para su sustento, y que de ahí en adelante, no le pediría a nadie nada más, ni a sus amados
hermanos; porque como él dijo; "Casi sin darme cuenta, he sido inducido a confiar en el brazo de carne en
vez de ir directamente al Señor."


 El primer año acabó con un gran triunfo y Jorge Müller les dijo a los hermanos que, a pesar de la poca fe
al comenzar, el Señor le había suplido ricamente todas sus necesidades materiales y, lo que era más
importante todavía, le había concedido el privilegio de ser un instrumento de su obra.

Sin embargo, el año siguiente fue un año de grandes pruebas, porque muchas veces no le había quedado
ni siquiera un chelín. Y Jorge Müller añade que en el momento preciso su fe siempre fue recompensada
con la llegada del dinero o de los alimentos.

Cierto día, cuando sólo le quedaban ocho chelines, Müller pidió tal Señor que le enviase dinero. Esperó
durante muchas horas sin recibir ninguna respuesta. Entonces llegó una señora que le preguntó:
"¿Hermano, precisa usted de dinero?" Fue una gran prueba de su fe, sin embargo, el pastor le respondió:
"Hermana mía, yo les dije a los hermanos, cuando abandoné mi salario, que sólo informaría al Señor
respecto de mis necesidades." — "Pero", respondió la señora, "El me ha dicho que le diese a usted esto", y
colocó 42 chelines en la mano del predicador.

En otra ocasión, transcurrieron tres días sin que Müller tuviese dinero en casa y fueron fuertemente
tentados por el diablo, al punto de que casi resolvieron que se habían equivocado en aceptar la doctrina de
fe en ese sentido. Sin embargo, cuando volvió a su cuarto, encontró 40 chelines que una hermana le había
dejado. Y entonces, añadió: "Así triunfó el Señor, y nuestra fe fue fortalecida."

Antes de finalizar ese año, se quedaron otra vez totalmente sin dinero, un día en que tenían que pagar el
alquiler. Pidieron a Dios que les enviase el dinero, y el dinero les fue enviado. En esa ocasión Jorge
Müller formuló para sí la siguiente regla, de la cual nunca jamás se desvió: "No nos endeudaremos,
porque hemos visto que tal cosa no es bíblica (Rom_13:8), y así no tendremos cuentas que pagar.
Solamente compraremos con el dinero en la mano; así siempre sabremos cuánto poseemos realmente y
cuánto es lo que tenemos derecho de dar."

De esta manera Dios entrenaba gradualmente al nuevo predicador para que confiase en sus promesas.
Estaba tan seguro de la fidelidad de las promesas de la Biblia, que no se desvió, durante todos los largos
años de su obra en el orfanato, de la resolución de no pedir al prójimo, ni de endeudarse.

Otro secreto que lo llevó a alcanzar una bendición tan grande como es la de confiar en Dios, fue su
resolución de usar el dinero que recibía, solamente para el fin a que el mismo fuera destinado. De esta
regla tampoco se desvió nunca, ni siquiera para tomar prestado de tales fondos, a pesar de hallarse
millares de veces frente a las mayores necesidades.

En esos días, cuando comenzó a verificar que las promesas de Dios se cumplían, se sintió conmovido
por el estado de los huérfanos y de los pobres niños que encontraba en las calles. Reunió algunos de esos
niños para que desayunasen con él a las ocho de la mañana, y después les enseñaba las Escrituras durante
una hora y media. La obra aumentó rápidamente. Mientras más crecía el número le niños que venían a su
mesa para comer más era el dinero que recibía para alimentarlos, hasta el punto que se encontró cuidando
de treinta a cuarenta personas.

sábado, 5 de noviembre de 2011

CREYENTES DURACELL

EL BILLETE DE UN DOLAR...

Este era un billete de $20 dólares y otro de $1 dólar que se encontraban
en una bolsa de banco en el edificio de la Reserva Federal en el centro
de la ciudad. Mientras se encontraban lado a lado, el billete de un $1
le preguntó a su compañero,
"Oye, amigo, ¿dónde has estado? No te he visto en mucho tiempo."
El de $20 respondió:
"Amigo, ¡¡Vaya que he tenido trabajo!!
He viajado a países distantes, también a los restaurantes más finos, a
los casinos más grandes y finos. También he estado en numerosas
boutiques, el centros comercial de lujo en el norte y el del sur, y
también el nuevo que ayudé a construir. De hecho, justo en esta semana
estuve en Europa, en un partido profesional de la NBA (Liga Nacional de
Basquetbol en Estados Unidos), en un rodeo, en un balneario, en un salón
estilista de gran clase.
¡¡He hecho todo eso!!
Después de haber descritos todos esos grandiosos viajes, el billete de
$20 dólares le preguntó al de $1
"¿y a ti cómo te ha ido? ¿Dónde has estado?"
El billete de $1 dólar respondió,
"Bueno, he estado en la Iglesia Bautista, Metodista, también en la
Iglesia Episcopal; en la Iglesia de Dios, la pentecostal, en las Asambleas de Dios, la católica, la mormona, la
de los Santos de los Últimos Días, la Iglesia A.M.E., la Iglesia de los
Discípulos de Cristo, la...

"¡¡¡ESPERA, ESPERA, DETENTE UN M I N U T O !!!"
Gritó el billete de $20,
"¿Qué es una iglesia?"